domingo, 12 de febrero de 2012

¿QUIEN ERA VALENTÍN?


HOY

Los romantic@s o l@s novi@s y espos@s abnegad@s de hoy, se apresuran entre el quehacer diario para obtener el último objeto de moda que sorprenda a su pareja en el Día de San Valentín.

Todas las tiendas tienen su código expuesto en el escaparate. Uno o varios corazones rojos. Este símbolo indica que cualquier Ser puede entrar en un comercio y comprar lo que sea, tenga o no que ver con el amor. Un juguete sexual de última generación, una aburrida corbata de rayas grises y marrones o una balanza digital. No importa lo que se regale, lo que importa es que la pareja NUNCA le pueda echar en cara que se le olvidó que era el Día de los Enamorados.

Sin embargo, existen Seres a los que les cuesta enormemente decidirse entre tantísima oferta. Y es normal pues son miles y miles los artículos que aparecen ante nuestros ojos por lo que no es fácil tomar una determinación. Después de pasar largas horas durante varios días buscando y buscando estos Seres acaban confusos, frustrados y desesperados.

Por esta razón lloran mucho y se les puede ver en cualquier parte de la ciudad sollozando o incluso gritando ante la comprensible desesperación.

Aquí se pueden verse varios de los ejemplos más significativos.


EJEMPLO A:
Hombre llorando en el interior de una óptica
debido a la indecisión causada ante tanta oferta.



EJEMPLO B:


Mujer suplicando desde la calle
para que no le muestren más artículos.

Y como es normal, todo tiene sus consecuencias. Cuando los más pequeños de la casa advierten los hechos, éstos se contagian y también se expresan.



Bebé expresándose.

Y esto mismo se hace extensible a las mascotas, las plantas y cualquier ser vivo o muerto del hogar.

Les parecía imposible que una cebolla también llorase, ¿verdad?.
Pues ya ven este drama también les afecta.

Porque es una cadena imparable y una vez que empieza la fiebre ya nada puede detenerla.

AYER

Un día mientras recogía la ropa seca de la terraza oí unos golpes procedentes del vecino de al lado. Al principio no hice mucho caso pero cuando me dispuse a relajarme en la hora más preciada del día (la siesta), comencé a desesperarme pues aquellos ruidos no sólo no cesaban sino que insistían cada vez con más fuerza. Así que llamé a su puerta en un intento de apaciguar aquel estruendo.

El vecino de al lado era un Profesor de Ciencias Loco, jubilado y con mucho tiempo libre. Llevaba siempre una bata blanca y unas gafas de vista tipo culo de vaso. No hizo falta decir nada, pues aquel hombre había hecho un descubrimiento y estaba deseoso de compartirlo con quien fuera.

-      “Pase, pase”. Me dijo muy amablemente. Y muy orgulloso me mostró un enorme aparato metálico con grandes alerones, dos asientos en su interior y una infinidad de botones que solamente él podría entender”.

-      “¡Oh!. Exclamé. ¡Qué cosa tan extraña!. ¿Qué es?”.

-      “Es una máquina del tiempo”. Dijo en voz baja.

-      “¡Una Máquina del Tiempo!”. Mis ojos tomaron el tamaño de dos balones de playa y de inmediato quise jugar a la pelota, o para que me entiendan, conocer más acerca del asunto. “¿Y a dónde quiere ir usted con esta máquina?”.

-      “Quiero viajar al pasado”.

-      “¿Y a cuál de todos ellos?”.

-      “Al del Imperio de los Romanos”.

-      “¿Y por qué allí?”.

-     “Porque ellos son los responsables del Día de San Valentín. Tengo entendido que un tal Claudio II quiere ejecutar a un sacerdote conocido como San Valentín y voy a ir a impedirlo pues si lo mata este Santo se quedará para siempre como un mártir y todo el mundo lo celebrará cada año en su memoria. Que es en realidad lo que está pasando hoy. Este es un tema que me tiene traumatizado desde hace años. Un San Valentín olvidé tener un detalle con mi mujer. Me dejó después de cuarenta años juntos. Lo que busco es que eso deje de tener importancia para el mundo entero y mi mujer vuelva conmigo”.

Me quedé sin palabras. Se trataba de un tema que en aquellos momentos a mí me interesaba muchísimo por todo el sufrimiento que suscitaba en los seres humanos hasta el punto de acabar con unas relaciones supuestamente consolidadas.  Así que ataviada con una gran sonrisa y dispuesta a correr el riesgo de que los acontecimientos históricos cambiasen, le pregunté:

-      “¿Podría ir con usted?. Yo también tengo mucho interés en esclarecer este delicado asunto?.

-      “Sí, claro que podría. Pero yo me voy ahora mismo. ¿Sigue estando dispuesta?”.

-      “¡Por supuesto, es perfecto, vayámonos. Ahora!”.

Nos acomodamos y el Profesor puso la Máquina del Tiempo en marcha. El aparato comenzó a dar vueltas sobre sí mismo y a emitir un sonido agudo seguido de un estruendo. Sentí que la velocidad de la luz recorría todo mi cuerpo, mis venas, mis fibras, mis huesos y hasta mis pensamientos. Al cabo de poco ya estábamos en la Roma Imperial y vestidos como ellos por arte de magia (supuse yo), pasamos totalmente desapercibidos entre la muchedumbre.

Recorte del Vogue del Imperio Romano

Bajo la premisa de: Preguntando se llega hasta Roma. Mi vecino y yo dimos enseguida con el paradero del mítico Sacerdote popularmente conocido como San Valentín. Pero ya era demasiado tarde. Los restos del Santo yacían junto a un precioso almendro rosado en las proximidades del Coliseo.

Cuando el Profesor Loco fue conocedor de tal noticia, su rostro pasó del color blanco arrugado por la edad a un rojo intenso encolerizado y brillante de rabia. Todo ello de inmediato. Y la emprendió contra un Informador que pasaba por allí. De tal modo que le sonsacó casi por la fuerza el nombre y apellidos del responsable de aquella gran desgracia. Tanto fue así que el Informador nos acompañó en su carro de caballos hasta la morada del Emperador. Mientras que por el camino iba relatando la historia sucedida en un intento de tranquilizar al Profesor.

-     “Verán ustedes. El Emperador Caludio II había prohibido la celebración de matrimonios entre jóvenes porque en su opinión los guerreros solteros estaban mejor dotados para la lucha ya que tenían menos ataduras. Considerando todo esto una injusticia Valentín celebraba matrimonios clandestinos. Cuando el Emperador se enteró lo llamó para quitárselo de la cabeza de forma pacífica, pues el Santo había gozado siempre de mucha popularidad por esta iniciativa. San Valentín convenció temporalmente a Claudio pues curó a su hija de una ceguera. Pero su gobierno persuadió al Emperador para que lo aniquilase cuanto antes. Así que Claudio II decidió martirizarlo y después ejecutarlo. La hija del Emperador en eterno agradecimiento plantó junto a su tumba un hermoso y rosado almendro símbolo de la amistad y del amor duraderos”.

El profesor, en lugar de apaciguar su ira con la argumentación de la historia contada por aquel hombrecillo, y aún más exaltado, bajó del carro de caballos y en la puerta de la casa del Emperador, cogió a un Centinela por las solapas de su armadura y le gritó:

-      “¡EXIJO VER A DON CLAUDIO!”.

A lo que el guardián le respondió:

-      “Es que ahora no puede atenderle. Está muy ocupado con una estrategia de invasión a Hispania”.

-     “¿Invasión a Hispania?. ¿Dónde está ese cretino?. ¡CLAUDIOOO, CLAUDIOOO!. Gritó. ¡¡¡ Ven aquí, maldito cobardeee !!!”.

Al cabo de un rato de permanecer allí gritando sobre la calzada de adoquines apareció el tal Claudio II. A medio vestir y a medio afeitar.

-      “¿A qué se debe esta alteración?. Me estoy aseando y unos gritos que no cesan de pronunciar mi nombre han interrumpido mi quehacer íntimo”. Preguntó indignado el poderoso hombre.

A lo que el Loco Profesor, rabioso y excitado a pesar de mis múltiples recomendaciones de no cambiar el curso de la historia bajo ningún concepto, lanzó:

-     “¿Claudio?, ¿es usted Claudio?. Así que es usted Claudio, ¿no?. ¿Le parece a usted bonito lo que ha hecho?. Qué poderoso se siente usted ¿Verdad?. Pues sepa usted que eso no es de adultos. ¡Menuda chiquillada!. Dedito para arriba y no pasa nada. Ahora bien, le da a usted por mover el dedito para abajo y se acabó todo ¿no?. Pues por culpa de su dedo gordo mi mujer me ha abandonado. ¡Que lo sepa!. Es usted un… un… ¡Insaciable!. Un…”.

-     “Oiga, no me insulte que le pongo el pulgar hacia abajo ¿eh?”.

-     “Ah si ¿eh?. Pues como se ponga tonto le cambio la historia y se queda usted con las ganas de invadir Hispania”.

Y el gran Emperador ante aquella amenaza, sucumbió arrodillado frente al profesor, rogándole:

-     “¡No, Hispania no, por favor, no me quite eso, yo me muero por probar el jamón de jabugo!”.

-     “No me lloriquee ¿eh? que me emociono. ¡Ñch!, hay que ver lo que hay que hacer por tal de promocionar nuestros productos típicos fuera del País. Mire, le propongo una cosa Señor Emperador. Como ya no hay más remedio. Usted deja de hacer malabares con los dedos de sus manos y yo le dejo que invada mi país. ¿Vale?”.

Una vez acordado aquello. El Profesor Loco y yo volvimos a 2012. Aparentemente todo era igual de aburrido. La gente seguía llorando por las calles desesperada, los corazones continuaban adornando los escaparates y los bebés y las cebollas seguían sufriendo los típicos daños colaterales.

Pero un día en que El Profesor Loco volvía a casa cansado después de una intensa  investigación de campo con sus ex colegas, tuvo la más bonita de las sorpresas que jamás imaginó. Alguien había plantado un precioso almendro rosado en su jardín y de  una de sus ramas más floridas colgaba una nota:

“Querido mío, he entrado a hurtadillas en tu apartamento, pues aún conservo la llave. Qué pena que hayas malgastado tu dinero con robots de cocina, planchas u objetos inservibles durante tanto tiempo. Qué pena que no te hayas acordado de mi nada más que en el Día de San Valentín. Qué pena que nunca me hayas regalado algo tan bello como un almendro pues es, desde siempre, el símbolo de la amistad y el amor eternos. Si quisieras despertar de tu letargo, te estaré esperando…”.


miércoles, 8 de febrero de 2012

TOMATE NATURAL ESCAPA DE LA MANIPULACIÓN GENÉTICA


El primer tomate de la historia Modificado Genéticamente y después comercializado a gran escala es el Flavr Svr. Hete aquí el susodicho:
Perfectos tomates formateados inmaduros e inmaculados

Muchas personas considerarán a este tomate culpable de los cargos que se le imputan: haber sido un Organismo Modificado Genéticamente (OMG). Del mismo modo que la soja, el maíz, la patata o el trigo. Sin embargo otras presumirán su inocencia argumentando por ejemplo, la perfección y los valores nutricionales inalterables del producto obtenido.

Y es que en un mundo donde la “libertad de expresión” es la bandera mejor portada por l@s Consumistas Implacables, cualquier argumento es válido para defender cualquier tipo de atrocidad.

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano, ha venido experimentando y modificando ciertas plantas o cruzando animales de distintas razas con el fin de satisfacer su curiosidad y por qué no, obtener ciertas ganancias a pequeña o mediana escala.

Pero, ¿qué nos ocurrirá si éstas bien-vendidas prácticas se realizasen a nivel mundial?. ¿Qué tipo de impactos producirían sobre nosotr@s y la Tierra?. Y, ¿a qué es debida esa imperiosa necesidad de cambiar constantemente este orden natural de los acontecimientos?, ¿acaso no nos conformamos ya con lo que tenemos?.

Una soleada mañana de sábado, con mucho sueño estacional atrasado, en la que lo único que tenía que hacer por obligación autoimpuesta era ir a depilarme. Decidí antes salir a tomar un delicioso desayuno en la nueva cafería ecológica de la calle de al lado. Decorada a la última en verde y blanco y con productos naturales exentos de OMG. Me sentí como una privilegiada de clase alta. Pero las tarifas por querer comer sano fuera de casa resultaron de lo más escandaloso. 25€ por una macedonia de frutas ecológicas de estación y unas bollos de pan de centeno con aceite de lino tostado me despertaron de inmediato.

A punto de irme de allí con el bolsillo resentido quise estar al día en cuestión de noticias y le eché un vistazo ligero al periódico: Lo Que Debe Contarse Al Pueblo. Un conocido diario de tirada nacional que había publicado en titulares: TOMATE NATURAL ESCAPA DE LA MANIPULACIÓN GENÉTICA. Acompañado de una sufrida imagen del presunto delincuente con expresión de grito a lo Edvard Munch:
Tomate Natural gritando asustado por los cargos que se le imputan

Dado que nunca había presenciado un juicio público decidí ataviarme con traje de chaqueta para no desentonar y me encaminé hacia los juzgados con el fin de esclarecer algunas cuestiones de vital importancia para mí.

EL TOMATE NATURAL A JUICIO

En el exterior, la prensa y televisiones de todos los países se agolpaban obstruyendo el paso queriendo arrancar algunas palabras a Tomate Natural o a su abogado. Las organizaciones de ecologistas y los consumidores afectados agitaban sus pancartas y lanzaban gritos en favor y defensa del pobre tomate.

Junto con el resto de cotillas del pueblo conseguí entrar a trompicones en la fría sala. Muebles de madera oscura y antigua, sillas incómodas para los testigos la concurrencia y el acusado; sillones para los abogados, el fiscal, el secretario; y trona para el juez. Persona de máxima autoridad pública investido de la potestad jurisdiccional.

El proceso comenzó sin dilaciones a la hora prevista. Algo inusual y sin precedentes, pero el caso, cargado de gravedad, así lo requería.

Cuando Tomate Natural fue llamado a declarar su aparición causó expectación y un gran susurro invadió el vacío. El juez puso orden de inmediato decretando silencio con su enorme maza de madera. Y comenzó el interrogatorio con el abogado de la acusación:

-      “¿Declara que es usted el Señor Tomate Natural o acaso no lo es?”.

-      “Sss… si…”. Contestó algo temeroso.

-      “Si, ¿qué? ¿qué sí lo es, o que sí no lo es?”.

La pobre verdura colorada intuyó desde el principio que aquello no iba a ser nada sencillo.

-      “Sí, yo… creo que lo soy”. Afirmó.

-      “Que si lo es ¿quién? ¿quién cree usted que es?”. Insistió de nuevo el abogado contario.

-      “¿Quién soy? No, no, no sé ahora mismo quien soy”.

El juez, que había quedado para ir de compras aquella tarde con su mujer necesitaba acelerar como fuese el dichoso proceso y con su inquebrantable potestad interrumpió al abogado:

-      “Señor letrado déjese de extravagancias. Vaya usted a la pregunta”.

-      “Si señor juez”. Y prosiguió con su interpelación. “Señor… ¿Tomate Natural?”.

-      “Sí”. Respondió la verdura.

-      “Se le acusa de rebeldía y alteración del orden público. Además se han presentado varias denuncias pues la noche de los acontecimientos conducía usted un coche robado de la policía. Y Trigo Integral, Patata Roja y Soja Blanca afirman haber sido raptad@s por usted”.

-      “Yo no… vamos, quiero decir que yo no…”.

Tomate estaba intranquilo y confuso pues no era cierto que hubiese huido con un coche robado ni había tomado como rehenes a tres de sus compañeros de huerto.

Su único  error fue querer escapar de las manos de un científico de una de las más grandes empresas dedicadas a la manipulación genética (Epicyte). Él defendía su libertad de no convertirse en un ser irreconocible ante el espejo y su familia. Defendía el derecho a una vida natural hasta el momento de su muerte en una ensalada o en una salsa.

Pero el abogado contrario insistía con sus frases cargadas de desconcierto.

-      “La noche del sábado veintitrés, estuvo usted allí hasta que se marchó. Con el coche robado de la policía. ¿No es cierto?”.

-      “¡Yo!, ¡Coche robado!”.

-      “Luego, afirma que fue usted quien robó el coche de la policía ¿no es cierto?. ¿O si es cierto?”.

-      “Si, o sea, no…”.

A lo que el abogado de la defensa al ver que Tomate Natural estaba completamente perdido nada más comenzar, interrumpió enérgicamente.

-      “Señor juez, mi cliente está siendo acosado. Lo que aquí se juzga es si el acusado debe ser manipulado genéticamente o no, puesto que de lo que se le acusa en estos momentos se ha evaluado con anterioridad y quedamos a la espera de veredicto”.

A lo que el juez contestó:

-      “¡Ah sí, lo había olvidado!. Pues en ese caso, prosiga usted abogado”.

¡¿Lo había olvidado?!. Desde luego, aquel juicio era de lo más loco. Al parecer se estaba evitando esclarecer la verdadera causa del asunto y aquello suscitó en mí y en todo el público aún más interés.

Y el abogado de la defensa prosiguió:

-      “Señor Tomate Natural. Usted ha notado ciertos síntomas adversos en los seres humanos que ingieren productos denominados OMG. ¿Puede hablarnos de ellos?”.

-      “Sí, por supuesto”.

Y volviendo a retomar su autoconfianza comenzó su declaración.

-      “Cuando era niño, vivía en un huerto inmenso. Todo funcionaba con normalidad y lo mejor es que nuestro sabor era inigualable, fresco y natural. Al poco tiempo el dueño queriendo ver crecer sus ingresos decidió utilizar parte de sus tierras al cultivo de semillas modificadas. Le habían prometido que su sembrado era totalmente inocuo y los resultados nada perjudiciales para la salud de los consumidores”.

El abogado de la acusación interrumpió enérgicamente.

-      “¡¡¡Protesto!!!”.

-      “¿A qué se debe, abogado?”. Preguntó el juez.

-      “¡¡¡A que habla demasiado!!!”.

-      “Tiene razón abogado. ¡Abrevie!”. Solucionó el juez.

El abogado defensor lanzó una señal a Tomate Natural para que hiciera caso y evitara que el juez se irritara, no fuese a ser que por esta razón perdiese el caso.

-      “Bien. Al poco tiempo de coexistir las dos plantaciones, la nuestra comenzó a deteriorarse notablemente hasta el punto que comenzaron a desaparecer algunas especies, se aumentó el uso de pesticidas y como consecuencia se alteró la biodiversidad. Después me fui a vivir a la nevera de una familia y todos tuvieron problemas alérgicos cuando empezaron a consumir a mis compañeros transgénicos y los antibióticos que tomaban para curarse no les hacían ningún efecto”.

-      “¡¡¡Protesto otra vez!!!. Este tomate era un niño cuando dice que eso ocurrió, ¿es fiable la opinión de un niño?. ¡NO, NO LO ES!”. Por eso, llamo a declarar el Dueño de la Compañía Epicyte. Señor Dueño ¿podría hablarnos de las ventajas de la producción masiva de los OMG?”.

Entró en escena el Dueño de la compañía. Un hombre de apariencia omnipotente, elegante, trajeado y muy bajito. Y omnipotentemente contestó:

-      “La principal ventaja es que yo me haré rico con este gran negocio”.

-      “Ahá, interesante”. Dijo el juez. “Después hablaremos de qué tanto por ciento me llevo yo con todo este asunto. Pero ahora prosiga con las ventajas, por favor”.

-      “¡¡¡PROTESTO YO AHORA!!!”. Gritó Tomate Natural.

Toda la concurrencia quedó atónita ante la valiente intervención de la roja verdura. A lo que el juez, con su enorme maza y su mirada amenazante le hizo callar de súbito.



Modelo de juez con modelo de maza grande imponiendo su autoridad

Los asistentes comenzaron a revolverse al oír aquellas palabras pero nadie se atrevió a intervenir pues temían algún tipo de represalia. Una vez acallado el rebaño y el tomate recobró su característica sumisión, el juez mandó proseguir:

-      “Prosiga Señor Dueño”.

-      “Como no, Señor Juez. Otra de las ventajas es que los consumidores podrán comprar solamente productos atractivos. Se acabaron esos horribles tomates unos más grandes que otros y todo ese disparate antiestético”.

-      “Ahá, muy interesante”. Exclamó el juez.

-      “Y otra de las ventajas como dije en mi rueda de prensa en el año 2001, es que podremos por fin controlar el exceso de población, pues nuestras plantas de maíz transgénico producen anticuerpos anti-esperma”.

-      “¡Oh!. Maravilloso. Esto es toda una revolución para solucionar por ejemplo el hambre en África, pobrecillos esos africanos, tan negritos y tan delgaditos…”.

Y blandiendo su maza contra el taco de madera, el juez, dictaminó en aquel preciso instante su veredicto, haciendo culpable de todos los cargos al pobre Tomate Natural.

Tomate Natural fue condenado a cadena perpetua. Al poco tiempo todos las verduras naturales fueron reemplazadas por las OMG y al pasar los años, ya nadie recordaba el placer de comer fruta y verdura fresca y espontánea.

Aumentaron las alergias entre la población, la infertilidad y el hambre en África nunca se palió como nos prometieron. Las grandes empresas dominaban ahora el mundo gracias a sus MARAVILLOSOS CUENTOS TRANSGÉNICOS muy bien vendidos toda la población.


QUE NO TE CUENTEN CUENTOS:











martes, 31 de enero de 2012

UNA INVASIÓN EXTRATERRESTRE

La Isla de Manhattan es como un inmenso Centro Comercial con viviendas dentro. Para que nadie escape.

Luces de neón de todos los colores y anuncios gigantescos con atractivos modelos inundan la ciudad incitando a comprar. Los puestos de comida rápida y barata facilitan las posibilidades del non stop del shopping. Vigorosa, dinámica, poderosa y cambiante, esta Isla fue en su día un paraíso habitado por indígenas que originalmente la bautizaron con el nombre de Mannahatta o Isla de las Muchas Colinas. Lo que nos hemos perdido.

He sido raptada y arrastrada en cuatro ocasiones hacia este lugar, sólo para ir de compras. Y la responsable de todo esto es mi amiga Zelda (nombre excéntrico donde los haya, que su madre puso en recuerdo de su padre el cual pasó sus últimos años encarcelado. Feliz idea).

Confieso que cada vez que fui me lo pasé en grande. Incluso en última ocasión obtuve (sin intención alguna), una información privilegiada y secreta de primera mano, que me hizo famosa y que cuando la Nasa se enteró expresó la voluntad de reclutarme en su equipo a través de una correcta comunicación por fax. Pero todo a su tiempo. Primero les describiré a mi amiga pues merece especial mención.

Zelda es esa excéntrica que emerge en todos los grupos de amig@s tarde o temprano y que le da a la pandilla una Identidad Propia. Son como el sello del grupo. Una Institución que posee sus exclusivas e inequívocas normas. Ella gozaba de ese punto de extravagancia caprichosa que le originaba los alardes de grandeza que creía merecer, pues su vida era intrincada y compleja como un Puzle Masterbrain, muy difícil y sin resolver.

Presumía fatalmente de que un grupo de extraterrestres la habían seleccionado de entre toda la población, para tele-transportarla al planeta Espiga IV, asegurando haber sido desmaterializada para extraer muestras de su cuerpo con el fin de imitar su excelente genética.
Ante semejante fábula no se podía más que oír y callar, pues como toda Organización establecida en su sector y con experiencia demostrada, no se la debía contrariar en modo alguno ya que era La Sabia Conocedora de la VERDAD y l@s demás unos súbditos con salario.

Aquel cuarto viaje a La Isla de Las Compras, comenzó siendo algo… incómodo, diría yo. No encontramos billete hasta el último momento, el vuelo salió con retraso, hubo que hacer escala y l@s azafat@s eran de lo más enojoso. Preguntando donde estaba el baño te mandaban a sentar y preguntando cuál era nuestro asiento te mandaban al baño. Parecían pruebas sutiles de que algo anodino podía suceder. Era como una intuición o un presagio.

Seis horas más tarde de lo previsto llegamos al JFK. Agotadas, consumidas, airadas e irritadas por todas las molestias. Pero poco a poco, viendo que el hotel parecía venir a nuestro encuentro tal que un oasis en pleno desierto, aquellas sensaciones negativas que no son más que un estorbo, se fueron diluyendo.

Por la mañana ya éramos conscientes de nuestro cuerpo, y decidimos emprender la aventura por los trazados lineales de la ciudad. Zapatillas en los pies, perrito caliente y cofee to take away en las manos (en contra de toda mi filosofía alimenticia) divisamos a lo lejos una figurilla con forma oval de color verde.
Al acercarnos advertimos que se trataba de un pequeño ser con vida propia. Pies y manos con uñas tipo garra, uniojo en el centro, cuernecillos de diablo y sonrisa con dientes de argallera, consiguieron que hiciésemos un alto en el camino. Un Kit-Kat para saciar nuestra curiosidad.

En mi escaso conocimiento de la Ufología, al verlo allí parado y risueño, le pregunté:

-      “¿Eres la sorpresa de un huevo Kinder?”.

Pero Zelda, más erudita que yo, exclamó:

-      “¡Oh My Good!. ¡Eres un Alien del planeta Espiga IV!”.
Modelo de Alien de Espiga IV


Y se presentó al expresivo personaje sin reparos y llena de vanidad.

-    “¿Qué tal, cómo estásss?. Soy Zelda. ¡Me suena taaanto tu cara!. ¡Oisss, cuanto tiempo!, ¿no?. ¿Es posible que estuvieras presente durante aquella desmaterialización que se me realizó en tu planeta?. ¿hicisteis muchas copias de mi genética?”.

-    “No. Solamente te captamos por azar para extraer una muestra de sangre, pero no hicimos nada con ella”.

Muy ofendida, no dudó en lanzar cualquier cosa que venía a la mente:

-    “¿¡¿Cómo dices?!?. ¡Enano insolente!. ¡Huevo verdoso y maloliente!. ¡Habitante de las cloacas!. ¡Germen molesto y putrefacto!. ¡Hamburguesa grasienta!. ¡Tablero de ajedrez sin torres!. Ehmm… qué más, qué más. ¡Cocina sin fogón!, ¡cura sin sotana!, ¡elemento condescendiente!…”.

Hasta que se quedó sin ideas.

-      “¿¡¿Elemento condescendiente?!?”. Exclamé desconcertada.

-      “Sí. Eso es lo que he dicho”. Respondió ella.

-      “Pues eso no tiene sentido”. Repliqué.

-      “¿Y qué?. ¿Acaso tiene sentido la existencia de este Alien inmundo?. ¡Pues no!. No la tiene y sin embargo aquí está”.

La Sabia Conocedora había hablado, y el Alien y yo la mirábamos con asombro por su inteligente manera de salirse siempre con la suya, entre otras cosas, pues su irritabilidad también era algo que suscitaba expectación.

Se hizo un pequeño silencio esperando que alguno de los tres reaccionara y mientras tanto allí nos encontrábamos, en plena Fifth Avenue. Muy mudos y viendo pasar taxis y más taxis amarillos. El Alien, que no tenía todo el día, decidió enviar la conversación hacia otros rumbos más nutritivos, ya que él era mucho más inteligente de lo que parecía:

-    “Yo creo que un tomate y una sandía tienen el mismo color pero en realidad poco tienen que ver entre sí”.

Esta afirmación nos creó un desconcierto enorme y Zelda, que siempre trataba de tener la última palabra, en esta ocasión no pudo hacerlo. El Pequeño y astuto alienígena, aprovechando la sensación hipnótica de sus palabras, nos invitó muy amablemente a visitar su Platillo Volante.

En cuestión de cero coma cero cero dos décimas de segundo, nos encontrábamos en el interior de aquel O.V.N.I., con la misma cara de sorpresa que cuando un niño adicto entra en una tienda de chuches en la que todo es gratis.

Sistema de ahorro energético del platillo
con pila recargable y bombilla sin mercurio.
Muy ecológico.

Una vez dentro, el pequeño ser nos mostró la nave para hacer que nos sintiéramos como en casa, y en seguida su tripulación puso en funcionamiento aquel aparato. No teníamos miedo pues milagrosamente dábamos crédito a las promesas del extraterrestre de no iniciar ninguna actuación deshonesta con nuestros cuerpos.

-    “¿Por qué nos ha traído hasta aquí?. ¿A dónde nos lleva?”. Le preguntamos.
-     “Miren por la ventanilla. Desde esta distancia todo se ve más claro”. Contestó él.

-     “¡Oh!. Qué gris tan poco favorecedor. ¿Qué es?”. Preguntó Zelda.

-     “Su planeta”.

-     “Pero si nuestro planeta es verde”. Rectifiqué.

-     “¿Están seguras?. Miren bien”. Respondió.

-     “Bueno hasta hace cero coma cero cero cinco décimas de segundo, si lo era. O al menos lo parecía”. Dije yo.

-     “Pues ya ven. Es gris”. Afirmó el Alien.

 Y Zelda, aún con cierto rencor hacia el ser verde, se impuso:

-     “Si, muy bien. Gris. ¿Y…?. ¿Para qué nos ha traído usted aquí?”.

-     “No. Pues simplemente porque me han parecido ustedes simpáticas y he querido que nos conozcan para poder intercambiar opiniones sobre cómo está el Universo”.

-     “Así de simple. ¿NO?”. Zelda, algo incrédula.

-     “Si, es así de simple. Nosotros no somos seres complicados, ni vengativos, ni nada de eso. No, no. Solo invadimos cuando lo vemos todo perdido, pero nunca nos peleamos ni nos aniquilamos a nosotros mismos. Vivimos muy en paz y sintonía con nuestro entorno".

-     “¿Qué entorno ni que ocho cuartos?”. Cada vez más nerviosa.

-     “El nuestro. No somos como ustedes. Ustedes son capaces de destruir su propia casa, la tierra que les sustenta. Contaminan su propio aire que respiran y envenenan las aguas que beben. No lo logramos entender del todo aún, pero quizás se deba a que no están lo suficientemente evolucionados. A ustedes les dominan unos seres que tienen mucho dinero. Así lo llaman ¿no?. Son unos papeles de colores por los que se matan entre ustedes y por los que se esclavizan para el resto de su vida. Les educan principalmente para dos cosas: producir y consumir, y tienen un nombre para los que no están de acuerdo con ese sistema. En sus años sesenta los llamaban hippies, luego radicales o antisistema y los marginan porque no hacen las mismas cosas que el resto. En fin, a nosotros todo esto nos parece bastante escalofriante, pero claro, si les va bien así, pues nada, sigan con sus cosas”.

Aquellas palabras sin maldad, me parecieron reveladoras y se abrió ante mí todo un mundo de posibilidades. Estaba entusiasmada e insistí en conocer más sobre su sistema y costumbres. Pasamos horas, viajando en el platillo y viendo desde las alturas los diferentes países, los planetas, las estrellas, e incluso pudimos visitar otros sistemas que aún nadie ha ilustrado en los libros. Y como no, el planeta Espiga IV y sus habitantes. Se trataba de una experiencia insólita en mi haber y no quería que terminase aquella aventura. . Así que le propuse quedarnos unos días.

Alien aceptó, pero Zelda exigió como condición para quedarse, una habitación de color blanco absoluto, para ella sola, pues se lo merecía después tan horrible humillación. Su sangre era más que azul. Violeta. Y nadie iba a desmitificar aquella idea de su mente.


Al día siguiente, los habitantes de Espiga IV nos recibieron con los brazos abiertos. Eran simpáticos y sonreían todo el tiempo, se abrazaban cuando se cruzaban por las calles, dedicaban tiempo a sus seres queridos, trabajaban lo justo y necesario sin perder el tiempo en charlas banales. Su planeta era verde, rojo, amarillo…. Era multicolor. Un paraíso más hermoso aún que el entorno que envolvía a Adan y Eva, según nos cuenta nuestra historia.


Lo más curioso es que desde aquel lugar se divisaba nuestra maltratada tierra junto a otro planeta verde. Armazón IV. Y sí, se veía gris. Muy gris. Tristemente gris.

Espiga IV en primer plano.
Armazón IV parecido a la tierra hace mucho tiempo, en segundo plano
Y la tierra en tonos gris al fondo (muy pequeña)


Mientras mi amiga, más interesada en descansar para tener buen aspecto dormitaba en su inmaculada suite. Alien y yo paseamos por su hermoso mundo perdido.

Unos aliencitos que jugaban entre la verde pradera, al verme tan extraña e inusual se acercaron con ingenua expresión:

-      “¡Mirad!. ¡Una Extra-Espiga-Cuatrestre!”.

Y otro, algo mayor y más resabiado añadió:

-      “¡Hola!. ¿Eres de la TierraSuciaCorruptayGris?”. Preguntó con una sonrisa.

La verdad, no supe qué decir. Y menos mal que no fue necesario pasar por tan grande vergüenza, pues entre todos los pequeños ilustraron perfectamente lo que ocurre en nuestro planeta.

-      “Si es. Es de allí. De donde maltratan a los animales. ¿Verdad?”. Y sonrió.

Otro pequeñín se incorporó a la investigación:

-      “¿Por qué en la Tierra maltratáis a los niños y a las mamás de los niños?”.

Y pronto una multitud se unió para tratar de esclarecer un comportamiento tan salvaje como el que tenemos (o más bien tienen) algunos humanos:

-      “¿Por qué vendéis cosas que sabéis que son malas, como las drogas, el azúcar blanco, las grasas, el tabaco, el alcohol… y todo eso?”.

-      “¿Por qué os matáis entre vosotros con armas?, si sois hermanos”.

-      “¿Por qué fabricáis cosas que son malas para vosotros y para la tierra, como los aerosoles, las bombillas con mercurio o los desodorantes con aluminio?”.

-      “¿Por qué?. ¿Por qué?. ¿Por qué?…”.

No pude soportarlo más y pedí a mi nuevo amigo que me llevara a un lugar menos cuestionante. Allí me senté y me vine abajo. Me sentí parte responsable, parte implicada en la masacre contra la Tierra y contra otros humanos como yo. El terrible sentimiento de culpa inyectado en vena por el Cristianismo había hecho efecto en mí. Sin yo quererlo.

Alien, trató de tranquilizarme:

-      “No sé por qué te sientes mal. Estas cosas son las consecuencias de una vida dedicada a la destrucción. Con cada acción ponemos en marcha unas consecuencias. Inevitables. Es la Ley del Universo. Tu sentimiento es producto de tu cultura y eso no soluciona las cosas”.

-      “¿Y qué lo solucionaría?”.

-      “Yo, no lo sé. Pero lo que si se es que si seguís basándoos en parámetros irreales probablemente acabaréis con vosotros mismos”.

Dicho esto me invadió una sensación terrible, la de Coger a Zelda por las solapas de su abrigo de Cristian Dior y zarandearla con fuerza por su arrogante ignorancia. Pero eso no sería más que el mismo sentimiento de culpa traspasado a otra persona, que al fin y al cabo era como yo. Mejor pensar en algo más inteligente. Ellos me habían dado una lección imborrable.

Tres días después, nos encontrábamos en el lugar de partida. Un cálido abrazo anunciaba el final para dar lugar a un principio maravilloso.
-      “Pues me ha encantado conocerlas, señoras”.

-      “Y a nosotras, ¡vuelva cuando quiera!”. Contesté yo.

-      “Pues sí, quizás en otro momento volvamos a invadirles”.

-      “¡Claro, vengan, vengan. Lo estamos necesitando!”.
Y la nave desapareció en cuestión de segundos…




A partir de ahí me hice famosa pero rehusé cualquier incentivo económico y fue cuando la Nasa quiso contratarme. No sé si hice bien o mal, pero dije que no. A todo.